REPORTAJE
Testimonios
Secretos de hábito
La diversidad sexual es un tema controvertido y polémico para la iglesia católica, pero silenciado cuando se trata de sacerdotes o novicias que han asumido su orientación sexual en sus propias filas. En Chile, ex seminaristas y novicias, hoy asumidos completamente, cuentan que una de sus razones para ingresar a los seminarios y conventos es el "escapismo" y "la cura" que al final no llega ni con la ayuda de todos los santos.F
 
Por Erika Montecinos RS / Fotos: archivo RS
 
 
 

En la década de los 80, durante los avatares de la dictadura militar en Chile, algunos jóvenes seminaristas manifestaban sus convicciones políticas, participando en protestas o en actos clandestinos de difusión para derrocar al régimen. Esta actividad fue lentamente cuestionada por el clero de la época y se determinó alejar a los principiantes que estuvieran involucrados en estos hechos. Sin embargo, las causas políticas no fueron las únicas: la homosexualidad y el lesbianismo en los seminarios y conventos en Chile continúa siendo un secreto y un tabú en el cual, discretamente, se les solicita a quienes manifiestan "estas conductas", retirarse de la congregación y repensar su vocación.

Muchos, hoy en día, tienen una vida alejada de las sotanas y los hábitos, pero mantienen su cercanía al pensamiento espiritual y religioso que ellos llaman vocación, no sin antes tener una mirada crítica a las posiciones que manifiesta el clero respecto a la homosexualidad.

Pero las "revelaciones" de algunas "ovejas descarriadas" tampoco se han hecho esperar en el resto del mundo. En España, el sacerdote José Mantero desafió a toda la iglesia de su país al declararse abiertamente homosexual a través de una revista del circuito gay. "Doy gracias a Dios porque soy gay", señaló junto con expresar que "no estaba ni ahí" con el celibato. En aquella oportunidad, también amenazó con dar a conocer una completa agenda con nombres de otros sacerdotes homosexuales si se incurría en represalias por su osadía. Pese a que fue suspendido por un tiempo, nada de eso pasó y hoy, el sacerdote, continúa encargado de las misas dominicales en Huelva, localidad española.

Asimismo, ocurrió con el clausurado convento de Austria, donde el Vaticano tuvo que intervenir y suspender las actividades del seminario cuando un medio de comunicación publicó las "costumbres" de los sacerdotes al interior, como pornografía y homosexualidad.

En Chile, sólo unos pocos se atreven a contar lo que vivieron al interior de los seminarios y conventos. Algunos y algunas con plena conciencia de su homosexualidad o lesbianismo, confesaron que el ingreso a ellas fue por "escapar" y otros se dieron cuenta una vez adentro y pudieron vivirla sin temores una vez alejados de la institución.

Tal es el caso del escritor y poeta Carlos Ernesto Sánchez, 46 años, ex seminarista de la Congregación de la Sagrada Familia Padres Holandeses y hoy, declarado abiertamente homosexual. Participa activamente en el Partido Comunista y está próximo a lanzar su nuevo libro de poemas "homoeróticos".

Ni los ruegos de su madre ni la tranquilidad de Quillota, lo convencieron de no ingresar a un monasterio de sacerdotes cuando recién cumplía los 17 años. Cuenta que tal vez fue una manera de escapar de los continuos rumores de su supuesta homosexualidad.

Desorientado e incluso al borde del suicidio, Carlos se dirigió a Valparaíso donde conversó con un párroco de una capilla. "Le dije: "Padre, yo quiero ser sacerdote", entonces me contestó que lo esperara en la plaza de Limache donde me pasarían a buscar. Fui a recoger rápidamente mis pertenencias, apenas me despedí de mi madre y le conté mi decisión de irme al monasterio".
Ahí estuvo durante dos años y fue precisamente en ese lugar donde vio por primera vez de cerca a una pareja de homosexuales, según relata. Un superior le comentó que ellos dejarían el lugar por "maricones".

La palabra le quedó dando vueltas al entonces "hermano Carlos". Todo el despertar de su sexualidad la vivió cuando llegó un nuevo integrante "declaradamente gay"y que incluso, había sido bailarín en una discoteque del ambiente homosexual chileno de los años 80. Cuando lo descubrieron fue despedido del monasterio al igual que Carlos, a quien se le sugirió que repensara su vocación.

Pero su deseo de una experiencia religiosa fue más fuerte y se trasladó al tumultuoso Santiago a trabajar en poblaciones junto a otros sacerdotes. Comenzó a "pololear" con un joven que colaboraba en las labores de la capilla, y no fue el único, ya que sus aventuras fueron creciendo y también los rumores de los vecinos. Fue por eso que el encargado de la capilla le pidió que se fuera a otro lugar y así llegó a otro monasterio donde vivió una especie de doble vida con los demás compañeros seminaristas que se declaraban gays. Las salidas nocturnas era cosa de todos los días, al igual que la adquisición de revistas pornográficas para gays "que eran caras pero igual las conseguíamos", cuenta.

Rememora que nunca tuvo una especie de culpabilidad por esta doble vida. "Se vivía con normalidad. En el día éramos seminaristas correctos, pero también desarrollamos como una especie de sexto sentido capaz de detectar cuando llegaba uno, decíamos, "mira, llegó otra loca". En muchos lugares nos encontramos hasta con curas en saunas y cines que andaban vestidos de civil. A mi me pidieron que me fuera más por cuestiones políticas que por otras cosas, aunque se me vino el mundo abajo, para mí la vida religiosa era un buen paraguas".

Caza gays

Lo que más recuerda Fernando Pino, 34 años, ex seminarista de la Congregación Rogacionista es al denominado "formador" que las hacía de "caza gays" en el lugar. Aunque él aún no había asumido su condición de homosexual, se sintió muchas veces intimidado por este cura que hacía preguntas repentinas respecto a la sexualidad o espiaba en los pasillos si es que alguien pasaba al dormitorio de otro compañero.

"Echó a uno porque lo había estado observando y lo descubrió entrando a la pieza de un compañero a horas indebidas", indica.

Cuenta además que los seminaristas "más amanerados", como le denomina él mismo, eran objeto de constantes burlas y persecución de estos formadores "caza gays".

Hoy, como ex estudiante de filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, dice sentirse felizmente asumido, aunque tuvo que pasar por todo un proceso para asimilar lo que le ocurría. Una vez que se retiró de la congregación, tuvo momentos de mucha confusión.

"Siempre creí que la homosexualidad era una luz interna sólo mía, pensé que se me iba a pasar, "con la ayuda de Dios todo se quita", eso pensaba. Esto me funcionó harto tiempo, pero a los 28 años me asumí con otro amigo que también era seminarista, él se arrancaba de la congregación, saltaba las rejas e íbamos a las discoteques gays", rememora.

"Ni siquiera conocía la palabra lesbiana"

Para Ana María, 33 años, el ingreso a la Congregación de las Hijas de San Pablo fue una buena experiencia, buena hasta que comenzó a darse cuenta de su atracción por personas de su mismo sexo. Corría el año 1989 y Ana María era la ilusión de una familia que soñaba verla "casada" con Dios y todos, incluido su padre, esperaban ilusionados el día en que una de sus hijas "se pusiera los hábitos e hiciera los votos".

Cuatro años después, regresaba a la casa paterna entregando vagas justificaciones que hablaban de confusión y pérdida de la vocación. Jamás quiso contarles que fue en la misma congregación donde conoció el amor entre dos mujeres y que lo vivió con más intensidad cuando fue trasladada a Brasil para perfeccionarse en sus estudios religiosos.

Debido a los crecientes rumores de su lesbianismo, Ana María se decidió a limitar sus muestras de afecto con las demás. Quiso informarse sobre el tema y comenzó a leer diccionarios en la congregación y libros relacionados con el tema, pero se encontró que la definición en los textos se describía como un "horrendo pecado". "Sentí rabia porque yo sabía que no era una persona mala por estar sintiendo esto. La palabra "lesbiana, sinceramente no la conocía".

Después de algunos años, conoció a una novicia en la casa donde residía en Brasil. Fue un amor a primera vista. Comenzaron salir juntas hasta donde podían y se quedaban conversando hasta altas horas de la noche. Fue así como Ana María estuvo por primera vez con una mujer. El término fue inesperado con el traslado de su nueva compañera a otra congregación. "Primera vez que asumí que estaba enamorada de una mujer, y lo peor aún, es que estaba a punto de hacer mis votos", cuenta.

Una vez de regreso en Chile le comunicó a su superiora sus deseos de retirarse por lo cual tuvo que esperar la autorización del Vaticano. Deprimida por una decepción amorosa y sin poder contarle a nadie lo que le ocurría, inició el difícil camino de insertarse nuevamente en la sociedad. Una amiga le cuenta sobre una discoteque lésbica en el barrio Bellavista, hasta donde fue con mucho miedo ante este cambio en su vida. "Me encantaba ver chicas de la mano y besándose. Era una especie de liberación para mi".

Actualmente trabaja como recepcionista y convive con su nueva pareja mujer hace un año y medio. Sin estar alejada de sus creencias, reconoce, eso sí, que su relación con la iglesia es distinta y más aún al enterarse años después que no era la única en la Congregación que se retiró por estar enamorada de otra mujer. Otras compañeras del noviciado también se habían retirado por las mismas causas.

Virtudes públicas, vicios privados

Carlos Ernesto Sánchez indica que su relación con la palabra "pecado" no era motivo de reflexión mientras estuvo en el monasterio. "Al menos yo nunca me confesé para decir que anoche me había acostado con un muchacho ni ninguno lo decía. Sabíamos que teníamos que cumplir un rito, no importa lo que habíamos hecho antes de esa hora. Por ejemplo, terminaba la misa y yo partía a llamar por teléfono a un tipo que había conocido la noche anterior. Cuando tuve la experiencia de Dios, metido en poblaciones, ahí recién se me creó un conflicto, preguntándome "qué soy", quién soy, qué hago". Recién me pregunté si era pecado lo que estaba haciendo".

Según explica el dirigente Juan Cornejo, ex seminarista dioceciano y quien hoy dirige la Comunidad Ecuménica Cristiana de Gays y Lesbianas (Cegal), muchos ingresan huyendo de su homosexualidad "pero se engañan a si mismos", advierte.

"No estoy de acuerdo que los hombres entren para huir o por presión social, aunque lo que más me molesta hoy en día es que hay una preocupación obsesiva de la iglesia. Está pesando más en la orientación sexual que la misma vocación", comenta.

Mediante talleres en su organización, los más de 40 integrantes reflexionan en torno a la culpa y tratan de liberarse de ella. "Uno puede ser pecador porque miente, porque roba, pero no por esto. Es un tema muy difícil de trabajar, la culpa está muy instalada, sobretodo el tema del castigo y la enfermedad. El mejor ejemplo de ello es cuando llegan a la liturgia y dicen "perdóname, señor por ser homosexual", ahí está el tema del inconciente y traiciona a gays y lesbianas".

Frente a esto, Irma Palma, psicóloga de la Universidad de Chile, señala que generalmente la experiencia en instituciones religiosas es la de la doble culpa: por una trasgresión y el haber fallado a los principios de la propia iglesia.

"La cultura ha conectado la sexualidad y la culpa por la trasgresión; sin embargo, para quienes están en el sacerdocio es también la culpa cultural por haber faltado a la institución, a la familia, pero es también fallar en proyectos básicos futuros, en términos de posibilidades de cumplir con el mandato del celibato", explica.

Para la profesional son las perversiones de la institución más que del sujeto no sentir la culpa, como le ocurrió a Carlos. "La institución por alguna razón permite la doble norma y la permite por la vía de "virtudes públicas, vicios privados", advierte.

Celibato y pantalla

Muchas teorías confirman que en instituciones cerradas hay mayores posibilidades a abrirse al tema de la sexualidad en sus diversas formas. Irma Palma plantea que si se mira como práctica homosexual y no como figura, se puede encontrar en niveles institucionales o en agrupaciones de personas del mismo sexo, "y se sabe que en instituciones cerradas donde las personas pasan parte de su vida cotidiana, carecen de un encuentro intimo con otras personas, efectivamente tienen mayores posibilidades de tener prácticas entre si, aún cuando no lo hubieran tenido antes".

"Ahí probablemente una psicología de las instituciones cerradas permitiría entenderlo, pero también desde una teoría de la sexualidad donde las identidades en materias sexuales están hoy en día en procesos de redefinición", añade.

El escritor y teólogo inglés James Alison, con estudios de posgrado en Oxford, aborda en su libro "Una fe más allá…", la cuestión del celibato clerical y los retos y dificultades de los curas gays y novicias lesbianas ante la jerarquía eclesiástica.

Plantea que hace 50 años, la Iglesia Católica era uno de los lugares más seguros para las personas homosexuales y lesbianas porque se podía tener una convivencia con otras personas de la misma condición sin enfrentarte a preguntas comprometedoras o incómodas como "¿cuándo te casas?" o "¿cuándo vas a formar una familia?".

"Había una especie de clóset dorado. Y significaba que podías vivir seguro, en una época en que el mundo exterior era muy violento para los gays y para las lesbianas. Estamos hablando de un mundo de chantajes, de asesinatos, de "pantallas". Eso ha ido cambiado, la gente ha comenzado a decir "sí, soy gay, soy lesbiana", y ha sobrevivido", sostiene.

Explica que ahora la iglesia se ha vuelto un lugar de completa inseguridad y de injusticia para las minorías sexuales. "Las reglas del juego cambiaron. Lo que antes era un juego muy hipócrita, pero con buenas intenciones, ahora se ve como una hipocresía insoportable".

 

"Es honesto que lo reconozcan"

Para el sacerdote Hugo Tagle, profesor de la Universidad Católica, es honesto que los ex seminaristas y ex novicias reconozcan su orientación sexual y que no estaban llamados para el sacerdocio, pero considera que es una pena "por ellos" vivir esta doble vida.


"Es claro lo que ha dicho la iglesia sobre esta situación que hay que tolerar y respetar y que además es susceptible de enmendar. Pero si ya no se puede hacer nada, lo importante es ser honestos consigo mismo, reconocer su condición y calladito irse para la casa", afirma.

Añade que efectivamente la iglesia está haciendo una selección más rigurosa en los y las postulantes a los seminarios o conventos, pero insiste en que son casos aislados que no hay que tomarlos con tanta gravedad. "Primero es pensar en su vocación religiosa y después en su orientación sexual", sentencia.