Los gays de Piñera: la voz del ventrílocuo
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Felipe Rivas San Martin
Esta semana fuimos testigos de la consumación de un debate que había tenido tensionadas las relaciones dentro de la Coalición por el Cambio. Sebastián Piñera y Andrés Allamand se salieron con la suya. El pasado 21 de noviembre, en un capítulo denominado ejemplarmente “la voz de los sin voz”, apareció por primera vez una pareja de gays en el marco de una franja de la candidatura de derecha.
Una multitud de cuerpos abyectos (sordo-mudos, mujeres, inválidos, mapuches, viejos, personas con síndrome de down y gays) le hablan al oído a un Piñera que escucha atento y repite para la cámara lo que ellos -aparentemente- le han dicho. El concepto de los creadores del spot presidencial es impecable: Sebastián Piñera no sólo escuchará a los que históricamente no han tenido la capacidad de hablar en la esfera pública (dominada por los hombres, blancos, heterosexuales y propietarios), sino que también será capaz de re-producir ese discurso marginal-marginado, como una antena de repetición que -desde una posición privilegiada- hará llegar ese mensaje a los sitios donde no ha podido resonar o que simplemente se han negado a escuchar.
En efecto, la inclusión de una pareja gay en la campaña de Piñera produce una escena que puede ser muy beneficiosa para su candidatura. Crea real o ficticiamente una tensión interna, un conflicto al interior de la coalición, una disputa entre “liberales-liberales” y liberales-neoconservadores”, de la que hace partícipe a toda la opinión pública. En la configuración mediática de un conflicto como éste, uno está obligado a tomar una posición. De eso se trata. Todos en el fondo queríamos que apareciera la pareja gay, todos odiamos a Kast y establecimos una complicidad con este gesto progresista de un sector de la alianza. Y ahora que por fin apareció, es imposible no estar -de algún modo- contento con que Piñera se haya salido con la suya y haya derrotado a los neocon en la franja, lo que aparece como un anticipo propagandístico de lo que será el triunfo de una derecha “liberal-liberal” por sobre la derecha “liberal-neoconservadora” en un futuro gobierno suyo, que es lo que en definitiva importa: que los votos de la derecha sean favorables a leyes de carácter “progresista”.
Desde el punto de vista de los derechos LGBT este asunto es claro. Habrá que estar al lado del MOVILH cuando afirma que este hecho configura al menos “un avance”. Más allá del debate sobre si efectivamente este acto mediático se materializará en la práctica en modificaciones legales significativas, lo cierto es que es muy probable que produzca un efecto positivo para el debate de los derechos LGBT en el marco de la campaña presidencial general. Aunque este movimiento es parte del clásico interés de las candidaturas “con opciones reales” de acercarse al centro, mostrándose ya sea como más progresista o más conservador de lo que ya se es, hay muchas posibilidades que veamos de ahora en adelante una fuerte disputa por el lugar de lo progresista en Chile. Eso significará por un lado, la presencia mediática cada vez mayor de los asuntos relativos a derechos minoritarios, pero también la necesaria incitación de una candidatura a otra y de los grupos LGBT, a la toma de posición en asuntos concretos (matrimonio, unión civil, ley antidiscriminatoria, etc.). Mal que mal, todos quienes hemos participado en algún momento en el trabajo activista a favor de la modificación o aprobación de leyes en Chile, sabemos que “no basta con los votos de la Concertación”. Y el objetivo mismo de la lucha por los Derechos Humanos es -todos lo sabemos- su universalización, en el sentido que el compromiso por esos derechos no sea sólo parte del patrimonio de un determinado sector político, sino de la “sociedad en su conjunto”. Eso cabría decir desde el marco analítico de los derechos LGBT.
Cambiemos ahora de posición y miremos desde el lugar político y crítico que hemos denominado “Disidencia Sexual”. En primer lugar, habrá que ser consciente de un hecho fundamental: que toda esta polémica se debe sólo a que la candidatura de Piñera es “de derecha” y no “de izquierda”. Es extraordinario en el sentido que muestra algo (una pareja gay) en un contexto donde no es habitual (la franja de un candidato de derecha). Por eso el beso lésbico de la franja de Marco Enriquez Ominami o de la Concertación -siendo más osado- es menos extraordinario que la pareja de Piñera, tal como -años atrás- el gay de la teleserie Machos de canal 13 (de la iglesia católica) era más extraordinario que la pareja gay de la serie Puertas Adentro de TVN (estatal), aún cuando la representación del canal público fuera más interesante, al cruzar aspectos relativos a la clase social (vivían en un campamento) y de edad (eran dos ancianos). La representación gay de canal 13, higienizada y des-sexualizada, tuvo más impacto social que la otra, debido en gran parte a lo fuera de contexto de su aparición.
Pero aún más, habrá que desconfiar de su propio carácter “extraordinario”, precisamente por el marco económicamente liberal de su aparición. En definitiva, ¿qué tan extraños pueden ser los acoplamientos entre ciertos modos de vida gay y las lógicas liberales del mercado, cuando se evidencia que la identidad gay se ha consolidado más como un sujeto de consumo que como un sujeto de derechos o una entidad crítica? Por lo tanto no se trata de una puesta al día de la derecha en relación a la demanda de ciertos derechos progresistas. Se trata más bien de una puesta al día del liberalismo chileno que -en su momento actual- sabe que “el sistema” funciona de manera más eficiente y cabal cuando superpone consecuentemente sus presupuestos no sólo al plano económico, sino también al democrático y al moral (neoliberalismo económico y global en el marco del estado democrático liberal y del liberalismo cultural). Al Imperio mundial -en términos de Toni Negri- no le conviene Bush, le conviene Obama. No le convienen las dictaduras, le conviene la democracia (liberal). No le conviene el fundamentalismo religioso, le conviene el modelo de tolerancia multiculturalista que otorga la universalidad de los valores democráticos liberales y seculares.
Hemos repetido que el modelo económico actual no pretende la homogeneidad cultural. Por el contrario, aprovecha y consolida la diversidad como una oportunidad estratégica de desarrollo económico en la paradigmática pluralización de los “nichos de mercado”. Esta situación tiene -y ha tenido- ventajas, por la superación de valores conservadores como los que hoy tienen tensionada a la derecha chilena gracias a la ideología del liberalismo. Pero esas ventajas deberán ser matizadas tanto por el carácter eminentemente limitado del mercado como agente de cambios culturales y por los propios reacomodos del poder que implica el advenimiento de los nuevos regímenes, lo que hace imposible una interpretación histórica lineal o evolutiva en materia de los “avances culturales hacia la diversidad sexual”.
En el caso del spot de Piñera “La voz de los sin voz” es imposible no recordar la pregunta radical que se hiciera Gayatri Spivak en los 80: ¿Puede hablar el subalterno? Y no es sólo por la elocuencia del comercial, en el que uno de los gays llega a hablar pero sólo para afirmar que será Piñera quien hablará por él: “será nuestra voz”. O porque ese mismo chico le habla al oído al candidato, que repite para la cámara lo que él le ha dicho: “Hoy la gente nos acepta. Ahora falta un país que nos respete”. O por la presencia del otro miembro de la pareja, que -aunque funciona como la evidencia de la homosexualidad del primero-, no sólo no habla, sino que parece ser sutilmente más subalterno tanto racial, sexual y económicamente.
Se trata más bien y por sobretodo de una sospecha que la crítica de la Disidencia Sexual y queer, ha venido señalando desde hace tiempo hacia la demanda de legitimación (legal y simbólica) de las parejas homosexuales, en las figuras del matrimonio y la unión civil. Y es que si el matrimonio es una de las instituciones más tradicionales y conservadoras del sistema heterosexual, que otorga legitimidad frente a quienes no viven o no quieren vivir su vida afectiva en el marco del matrimonio, es posible pensar que el interés de los gays y las lesbianas por acceder a esa institución esté motivado por nociones conservadoras y heteronormativas de lo que es vivir una vida sexual y afectiva socialmente legítima. Por lo tanto habrá que preguntarse no sólo ¿quién es el que habla cuando un sujeto como Piñera habla en nombre de los gays?, sino también y más radicalmente ¿quién está hablando cuando se expresa la “demanda homosexual”?
El problema que plantea la presencia de gays en la franja de la derecha atañe sobretodo al horizonte de la política sexual actual. Junto con las limitaciones que expresa el mercado como agente de “avances culturales”, habrá que cuestionar severamente las limitaciones de lo que hemos llamado la “homosexualidad de Estado”, es decir, el modelo de política que se promueve desde las grandes ONG’s LGBT y que tiene al Estado como el único y principal referente de la acción política: la demanda integracionista de “derechos”. Ese tipo de modelo, no sólo termina fortaleciendo al Estado (heterosexual) y sus instituciones como el gran y único espacio de intervención política, también normaliza la disidencia sexual, excluye del debate público otras demandas (como las que puedan efectuar las personas trans) debido a la hegemonía del matrimonio y consolida la circulación e invocación de una serie de discursos de tolerancia, integración y/o homofobia, que terminan reafirmando los lugares de dominación y subordinación.
Muchas preguntas más y otros análisis podrían activarse a partir de la franja electoral y las representaciones de las sexualidades abyectas. ¿cuáles son los mecanismos de homofobia-lesbofobia, de censura y de construcción de la masculinidad y la feminidad públicas, que hacen que las candidaturas progresistas prefieran la imagen del beso lésbico en vez del beso gay? ¿persisten ahí modelos de higienización de la sexualidad anormal a partir de la neutralización estética de lo político en la idealización del “amor femenino”? En la franja de Piñera ¿hasta qué punto han operado elementos como el clasismo, la diferencia estética racial y el estatus socioeconómico, junto con la presunción de roles sexuales “activo-pasivo” en la brutal invisibilización mediática de uno de los miembros de la supuesta pareja en comparación con el que ha tenido toda la figuración pública? ¿porqué lo gay ha pasado de ser un significante de indignidad personal, hasta convertirse hoy en una figura de alta plusvalía electoral? ¿cómo ha llegado a convertirse en una imagen de inversión, tanto en el sentido de que las candidaturas están interesadas en invertir tiempo y discurso en estos temas, junto con la propia capacidad de lo gay de “invertir” la imagen conservadora de un determinado conglomerado político haciéndolo “aparecer” como progresista? Por ahora, sólo cabe decir que estos asuntos no podrán ser resueltos ni en una primera, ni en una segunda vuelta.
* El autor es fundador de la Coordinadora Universitaria por la Diversidad Sexual (CUDS)
Notable artículo. Hace tiempo que no leía algo tan bueno… recomiendo enviárselo a Carlos Peña, que el domingo 22 publicó una columna en El Mercurio planteando el “real liberalismo de Piñera”. Felicitaciones.
28 Noviembre 2009 at 19:38