Mujer: Cuerpo y castigo
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Karina Vergara
Soy lesbiana y estoy escribiendo sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Se me ha dicho en distintas ocasiones que no me corresponde hablar de este tema, porque mis prácticas sexuales no me ponen en peligro de un embarazo no deseado. Sin embargo, ese supuesto es un mito. Soy lesbiana y he abortado. Aborté siendo muy joven y vulnerable, aborté en una época y lugar que me obligaron a la clandestinidad. A pesar del riesgo vivido, no me arrepiento. No viví el síndrome post-aborto del que hablan algunos textos conservadores, tampoco quedé estéril, ni he muerto, no fui al infierno y no atormentan mis noches los rostros de niños no natos de las imágenes chantajistas de los carteles que los militantes anti elección cuelgan en los puentes del Periférico. Sin embargo, soy consciente de que fue un procedimiento que viví en condiciones de mucho miedo ante lo desconocido, con maltrato médico y con angustia económica y sé que no quiero que vivan esas condiciones injustas otras mujeres, si tienen que someterse a un procedimiento similar.
Si bien es cierto que las realidades de las mujeres en este país son complejas y diversas y que somos mucho, mucho más allá que meramente objetos cosificados, que senos, nalgas, piernas que parecen ser lo que se utiliza para comerciar con nuestras imágenes y más que aquellos úteros que parecen preocupar tanto para su tutelaje a clérigos y ciertos estadistas; cabe el preguntarse sobre lo que pasa concretamente con nuestros cuerpos y cuál es la razón por la que la vigilancia sobre éstos resulta tan relevante que ocupa un debate constante en los medios de comunicación y que en la práctica determina la vida de tantas de nosotras, porque somos innumerables las que hemos vivido en propia piel el costo que las mujeres tenemos que pagar por querer elegir, por desear, por proponer.
Las lesbianas que deseamos vivir la maternidad en nuestros cuerpos en este país, podemos hacerlo sólo si tenemos las posibilidades económicas para ello, ya que nos vemos obligadas a pagar altas cantidades de dinero para tener acceso a las técnicas de reproducción asistida, pues el Estado, tan ocupado en regular la maternidad de unas, se niega a mirar hacia otras maternidades. Así mismo, cuando ya vivimos la maternidad, constantemente pagamos en lo emocional cuando el entorno se toma la atribución de pretender llamarnos a cuentas por el desfase de ser madres y lesbianas al que nos hemos atrevido.
También, por desgracia, sigue ocurriendo que en pleno 2010, lesbianas seamos agredidas, abusadas, golpeadas, aisladas o discriminadas por ejercer nuestra preferencia sexual.[1]
Es este es uno de los puntos clave de coincidencia entre mujeres heterosexuales y no heterosexuales, el estar inmersas en una cultura de castigo sobre y por los cuerpos femeninos. Ya sea por buscar el parir, por buscar el no parir, por utilizarlo para el disfrute y el placer, incluso por reconocer el cuerpo como propio.
Es interesante observar lo que ocurre con los cuerpos que al nacer presentan genitales femeninos, el cómo a partir de ellos se crean los cimientos que sostienen al sistema dominante. Basta encender el televisor, pulsar el acceso a Internet o pararse frente a un puesto de revistas, ventanas por excelencia del mundo contemporáneo, para recibir un inmediato bombardeo en donde priman dos tipos recurrentes de imágenes: Por una parte, la nota roja, con su baño cotidiano de sangre, muerte y dolor pasteurizado, normalizado. Por otra parte, cuerpos de mujeres expuestos semidesnudos como elemento decorativo, publicitario o como modelo a seguir, ideal a alcanzar para otras mujeres. Si tomamos en cuenta el que muchos de los cuerpos presentados en los hechos sangrientos mencionados líneas arriba, son también cuerpos femeninos, pueden llegar a dar la impresión de ser el mismo “producto”, solamente con distinta presentación.
Así mismo, trabajamos en promedio 27 horas a la semana en los quehaceres domésticos de nuestros hogares, y participamos alrededor de 25 horas en el cuidado de niños, enfermos y ancianos. El trabajo doméstico realizado por estas espaldas, piernas, brazos, manos de mujer, es una labor que no nos reporta en general ingresos, pero cuya realización es social y económicamente indispensable pues permite a cada trabajador, trabajadora, alimentarse, vestirse, asearse, mantener el orden diario para poder salir desde lo privado a cumplir su labor asalariada.
Podemos, también, constatar que somos las que sostenemos la economía de consumo. Basta con mirar como es a nosotras que se dirige un porcentaje importante de la publicidad, con productos para las labores domésticas, para la decoración del hogar, para lograr la apariencia que dicta el modelo estético actual, los productos para la alimentación de las familias, cuya responsabilidad se deposita también en nosotras.
Pensemos en el gran negocio que implica la salud de las mujeres: desde la venta de productos para aclarar la piel, modificar el color de los ojos, labios, cabello, para erradicar el vello, disimular olores, toallas sanitarias y tampones con tinturas y blanqueadores, sostenes y fajas, pastillas laxantes y para bajar mágicamente de peso, zapatos de tacón alto y todos aquellos artilugios que resienten la salud femenina, que devenga gastos mayores en atención terapéutica, cuidados, medicamentos y la obligación posterior de seguir adquiriendo productos que nos mantengan con vida: medicinas, tratamientos, aparatos ortopédicos en los casos de daño por el uso de calzado inadecuado y, por supuesto, más productos cosméticos y sanitarios. Nos convertimos en clientela cautiva. Se trata de un negocio redondo, negocio perfecto.
Nosotras, colocadas no sólo como consumidoras potenciales, si también no como objeto para destinar al comercio en la prostitución, en la pornografía, en las nuevas formas de esclavitud.
Aún más, no podemos olvidar que son nuestros cuerpos los que han recibido en este país la tortura sexual como forma de represión política, cuerpos botines de guerra.
Es así, pues, el cuerpo femenino la valiosa materia prima que sostiene el sistema económico, político, sobre el que se deposita la permanencia del estado de las cosas. Es muy probablemente por ello que a quienes les interesa mantener, justamente, ese estado de las cosas, les resulta terrible, temible, impensable el que las mujeres nos reconozcamos dueñas de este cuerpo, precisamente de este cuerpo. Las mujeres, piernas, brazos, úteros, senos, troncos, cabezas; dueñas de sí, poderosas.
Ante este peligro inminente es que buscan construir mecanismos de sujeción, modelos de lo que es deseable, la imagen a imitar de belleza, de renuncia, de abnegación. Incluso, se construye una lógica común de constante obligación, compulsión a la maternidad. La imagen de la madre, rodeada de cánticos de ángeles rubios de la iconografía católica, monumentos, encajes rosas, telenovelas embrutecedoras y eternas loas a la renuncia y al sacrificio en el nombre de los hijos.
En cambio, se destina la sanción para aquella que rompe con alguna de las ligaduras concretas. Estigma, señalamiento. Para quien se atreve al placer, es el calificativo de puta. Para quien transgrede con el molde de lo considerado femenino, el apelativo de machorra. La gorda, es quien no cumple con los criterios de estética impuestos desde los medios. Incluso y en pleno siglo XXI, hay una carga para aquella que decide entrar al trabajo de criar hijos sin un hombre a su lado que la legitime.
Sin embargo, al parecer, no bastan el estigma y la sanción social para quien se niega a gestar y parir sin desearlo. Hay una búsqueda sádica de castigo corporal, de criminalización, una persecución de hecho, hoy en México legitimada en 18 estados: Chiapas, Veracruz, Querétaro, Baja California, Chihuahua, Campeche, Colima, Puebla, Durango, Jalisco, Nayarit, Quintana Roo, Guanajuato, Yucatán, Sonora, Morelos, San Luis Potosí y Oaxaca.
Así como se dice que en este país existe libertad de expresión, esta libertad es real porque está consignada oficialmente, es real mientras no se intente pintar en un muro, pegar un cartel o repartir volantes informativos por la calle, mucho menos acceder a los medios de comunicación masiva, porque entonces quien lo intente será nombrado transgresor, incluso “delincuente”. Es decir, tenemos libertad de expresarnos, pero no en cualquier espacio, porque el espacio pertenece, generalmente, sólo a los privilegiados y al Estado. Así, el cuerpo de las mujeres es de las mujeres mientras no intenten decidir por sí mismas lo que ocurre con él, porque, al parecer, la injerencia suprema ha de ser la de los líderes religiosos y de los interesados en mantenerlas sujetas.
Es por lo anterior que se hace preciso mirar con cuidado qué hay detrás del discurso antielección que manejan los sectores conservadores y que nos dejan caer en periódicas declaraciones, porque no es mero oscurantismo sustentado en arcaísmos religiosos, no es ignorancia, no son tan inocentes. Se trata únicamente del engaño que ocupa demasiado tiempo en citas de salmos y evangelios, excelentes distractores en el debate, cuya función es de cortina de humo para un análisis de mayor profundidad para la población en general. Su interés tampoco es el bienestar de la “familia”, concepto que han convertido en sagrado instrumento de manipulación de la opinión pública. Mucho menos es el bienestar de las mujeres mismas, no hay interés alguno en el fortalecimiento, en la autonomía, en la educación en general, baste con ver de la franca oposición y desinformación activa en contra del condón, los métodos anticonceptivos, la PAE y los temas de salud y libertad sexual en general y, definitivamente, tampoco es el interés por la vida del producto, mero chantaje señalado en foros diversos cuya incongruencia es prácticamente palpable en la pobreza de millones, tolerada, incentivada por éstos mismos que claman desde la cultura de la misoginia.
La visión retrograda es el no entender las circunstancias diversas de las mujeres que vivimos un embarazo no deseado, es no construir una educación en el respeto a la libre elección, de prevención informada. Además es interesante observar el cómo el buscar la prohibición, tampoco, es evitar que se lleven a cabo abortos, pues de sobra sabemos que la ilegalidad no detiene el que ocurran, el objetivo es claro y específico: el castigo sobre las mujeres.
Es la concreta exigencia del castigo como forma, como política del miedo en busca de mantener el sometimiento de un sector de la población. Se toman el poder de imponer sobre nuestros cuerpos la prisión, si no deseamos o nuestras circunstancias de vida nos llevan a elegir no gestar, si decidimos no utilizar nuestra fuerza, energía, tiempo, la cotidianeidad en la tarea de la crianza.
El cuerpo de las mujeres es de las mujeres.
Es ironico que los mismos sectores que defendieron la tortura, el abuso y la muerte en un pasado, sean los que hablen del derecho de vivir, acaso la muerte de jovenes madres embarazadas en la dictadura no fue un acto de salvajismo. Es mas delesnable traer al mundo a un niño producto de una violacion, el cual muchas veces es abandonado. Que poner fin a una condena que aun no germina.
4 Septiembre 2010 at 20:29