Premian cuento donde la protagonista es la malograda Mónica Briones Puccio
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“Con veinte años y en un contexto mágico y de continuas emociones, corría para mí, el año 1971. Había entrado al pedagógico de Playa Ancha, a estudiar la carrera que siempre había soñado Castellano. Me “convencieron” de militar en las JJCC. A pesar de mi formación de familia paterna allendista, donde se discutía mucho el quehacer político, nunca había centrado a ella, como prioridad, pero de cualquier forma tampoco lejana. Creía y creo en la igualdad. En la no discriminación.
En aquella época los discursos incendiarios del “Che”, Fidel, las protestas, las tomas y las peleas con los “momios” por la hegemonía de las universidades. los viví a profundidad. Estudié, me enamoré, sufrí la separación muy dolorosa de mis padres. Entré de lleno a envolverme y comprometerme con la lucha social. Con los pobres. Los desposeídos. Alfabetizábamos a tanto compañero obrero por las noches. En sus casas. Muchas veces dormíamos allí. Y fue en esos días que aprendí a amar y decidí abrazar para siempre, el apostolado de estar con los que no tienen voz. Los que son imprescindibles para los gobiernos, pero ignorados para las decisiones.
El dinero escaseaba, como tanto universitario. Teníamos frente al Pedagógico, una “picada” donde Raúl. Un compañero “choro” y amigo, dueño de un modesto restaurante, donde el que llegase, tenía una sopa, un pan, una buena conversa política. Raúl mataba nuestras necesidades físicas. Las espirituales nuestras , las miles de conversa sobre revoluciones, arreglos de un mundo mejor. La iglesia católica se escandalizada con tanto libertinaje. Haciendo el amor y no la guerra. La época de la píldora anticonceptiva.
Tenía una amiga pintora, suave, etérea, no era de este mundo, no le importaban las cosas que a nosotras nos movían. Su sonrisa y su inocencia para el odio, la mantenían alejadas de lo cotidiano. Era dulce, pero nos sacaba de “quicio”. No tenía idea de fútbol, ni de partidos políticos. Su mundo mágico y su pitillo de marihuana, era su entorno. Viajábamos en cuanto teníamos oportunidad, a Horcón. Paraíso de los “volados” lindos, sin violencia, de la época. Aún recuerdo sus vestidos artesanales, coloridos, “al lote”.
Los viajes de la época eran cero costo. “A dedo”. Popular medio de los universitarios. Mi amiga Mónica y yo en unos de esos días, nos instalamos en las afueras de Valparaíso a que nos parase algún auto y nos trajese a Santiago. No había apuro. De pronto, se detiene un Fiat 125, muy popular en ese entonces. Las autoridades usaban esa marca. Con chofer y una persona atrás. Me acomodo adelante y mi querida amiga, atrás. Durante el trayecto conversaba con el chofer y me dí cuenta que el de atrás era un sacerdote que leía como un librito de oraciones. Mi amiga no abrió la boca. A través del viaje hacíamos comentarios con mucho respeto, del momento que atravesaba el país. El chofer gentil y educado. De vez en cuando el cura de atrás le preguntaba algo. Al pasar por un lugar cercano por la ruta 68 al aeropuerto (que en ese entonces, creo, ni existía) más o menos donde hoy esta el cruce con Vespucio, vimos a gente variada haciendo protesta con carteles y marchando al parecer hacia Santiago. El curita comentó que eran agricultores sin títulos de dominio de sus tierras. Yo, contenta de poder establecer una conversación, me doy vuelta a mirarlo y la emoción, la sorpresa hizo que todo mi corazón saltara del pecho. Era el cardenal Raúl Silva Henríquez. Solo atiné a decir: “Monseñor, gracias por traernos”. Nada más. La figura del Cardenal era para mí, enorme. Gigantesca. Provengo de un hogar católico, apostólico y romano. Se hablaba del cardenal. Había recibido un premio de los judíos por los derechos humanos. Acompañaba a Allende a promulgar la nacionalización del cobre. Instaba a los jóvenes a la no violencia, al contestar a las descalificaciones con paz y diálogos. Cuidado, cura comunista. Creó la institución que le dió voz, defensa y vida a muchos que ya no teníamos esperanzas de sobrevivir al horror, a las torturas, a las desapariciones. Valiente, corajudo. Enfrentó a quienes él sabía que buscaban la forma de eliminarlo. A quienes diariamente se tiraban los cabellos por encontrar la manera de darle un tiro. O “causarle” un accidente. Él los enfrentó. Los desafío. Puso y expuso su vida por lograr que otros vivieran. Y ese hombre estaba tras mío. Me fui el resto del viaje en silencio. Nos bajamos al comienzo de Pajaritos. Al descender me fui a agradecerle y le pedí su bendición.”Dios te bendiga hija mía”. Me hizo la señal de la cruz.
En tanto mi amiga, inocente e ignorante de lo cotidiano, me pregunta ¿qué pasó?. Yo le respondo “¿no sabes quién era?” No- me replica-, y enseguida el comentario de la guinda de la torta. “Creo que es “onda Fellini” por el medallón”. ¡Pensaba que era un hippie como ella!. Mi amiga se había perdido. Bueno en realidad no sé cómo alguien se puede perder algo, que no sabe lo que es. Muchos años nos reíamos al contar esta tremenda y maravillosa anécdota. Años después, mi amiga moría a manos de la violencia desenfrenada de quienes eran los dueños del poder y yo partía a un exilio forzoso.
El recuerdo de cada gesto, de sus ojos, su serenidad jamás me abandona. Siento casí como si al bendecirme, me hubiese hecho su protegida para siempre.
* Firmado con el seudónimo de “Lucerito”
* Fotografia portada gentileza de la artista Sandra Zuñiga
* Fotografia interior albúm familia Briones Puccio












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Muy lindo, emocionante e histórico
18 Noviembre 2009 at 22:07