Mistral: Lesbiana a toda prueba
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Hace un par de días viajaba en bus en el trayecto Santiago-Valparaíso camino a la conmemoración del incendio de Discotheque Divine, mientras leía entusiasmado Niña Errante y comentaba con Jorge Díaz -amigo poeta y activista queer-, sobre el lanzamiento del libro en el Centro Cultural del Palacio La Moneda y el enyegüecimiento de Pancho Casas yéndose a gritos de la sala en protesta por la falta de mención al lesbianismo de Mistral por parte de los presentadores del texto. “Bonito -pensé-, como de otra época”. En verdad una performance muy distinta de la que -según me contaba Jorge- hizo luego Pablo Simonetti, que pidió la palabra sólo para afirmar su “orgullo” de que la mejor escritora de Chile sea lesbiana. Según el sitio Opus Gay, “el tono conciliador” de Simonetti habría logrado sacar varios aplausos “cómplices” del público.
Pero aunque diferentes en su forma, las intervenciones de Casas y Simonetti tenían algo en común: la necesidad de decir una palabra que inundaba como un murmullo la sala. Esa palabra, aunque ausente tanto en las presentaciones del lanzamiento (Falabella, Quezada, Zegers), como en el mismo epistolario o en el texto del prólogo a su edición, lograba aparentemente resumir el significado más trascendental de las cartas de Mistral a Doris Dana. Esa palabra es: lesbiana.
Lo tituló el The Clinic, lo dijo Patricia Verdugo poco tiempo antes de morir, lo afirman las organizaciones LGBT y de lesbianas, y otros personajes de la cultura local. Para algunos es un acto trasgresor (como para Casas), para otros es más bien reivindicativo (Simonetti). Sea cual sea el caso, decir hoy que Gabriela Mistral era lesbiana se ha transformado en un acto político de liberación propio del mundo progresista nacional.
Por su parte, quienes hasta ahora han hegemonizado el legado cultural de Mistral, se enfrentan ante estas cartas tratando de matizar sus posibles significados, argumentando tan sólo un “amor materno” entre Doris y Gabriela, reprochando la limitación de las lecturas de la obra de Mistral a su aspecto sexual, como un empobrecimiento interpretativo frente a su legado tan universal, o incluso -como en el caso de Luis Vargas Saavedra en Artes y Letras-, llegando a explicar la relación lésbica como el efecto de una experiencia de violación traumática de Gabriela siendo joven.
Es cierto que todo el debate y las declaraciones que la publicación de Niña Errante suscita, han puesto en marcha una serie de dispositivos de homofobia cultural, de censura, closet y de hegemonía en la construcción de los cánones literarios chilenos. Pero al mismo tiempo, quienes han celebrado el lesbianismo público de la escritora, han recurrido a un cuestionable aparato discursivo que corre el riesgo de reforzar en forma compleja, ciertos esquemas que son propios de la construcción heteronormativa del sistema sexo-género.
El tratamiento que dio al tema la periodista Patricia Verdugo cuando se hicieron públicas algunas grabaciones de audio de conversaciones entre Doris y Gabriela, es paradigmático. Meses antes de fallecer producto de un cáncer, afirmaba a propósito de estos materiales que “hoy, gracias a la ‘desclasificación’ de archivos, podemos finalmente tener las pruebas y dar pasos claves hacia la verdad”. La frase, que podría haber sido tomada de un párrafo de su libro “Las Pruebas a la Vista”, sobre la participación de Pinochet en el caso Caravana de la Muerte, se refería en cambio a la verdad sobre la sexualidad de Mistral, que las grabaciones vendrían a demostrar. Ya Foucault nos había advertido acerca de estos peligros. Las categorías sexuales (homosexual, heterosexual, lesbiana) son categorías construidas en la modernidad que sirven a los objetivos de control de los sujetos por parte del poder. Ese proceso se conformaría a través del espejismo de una verdad sexual que se encontraría en el interior de nosotros, verdad que debe ser descubierta a través de mecanismos de confesión y auto-afirmación. No cabe ninguna duda, ya descubrimos su secreto, las pruebas están a la vista, por fin sabemos la verdad, ya no lo podrán negar, nuestras sospechas eran ciertas. Pura policía del sexo.
Gabriela Mistral tenía una relación de amor con Doris Dana. Las frases contenidas en las cartas o en registros de audio son elocuentes en demostraciones de amor y pasión. Para algunos, como la actriz Claudia Celedón que interpreta a Mistral en el proyecto de film de Yura Labarca, la existencia de estos registros y grabaciones de conversaciones privadas o cartas entre Doris y Gabriela, son la prueba de que Mistral “quería que todo Chile supiera que ella era lesbiana”. Pero curiosamente y al mismo tiempo, la misma Mistral denunciaba y reclamaba contra “ese tonto lesbianismo que me han colgado en Chile”. ¿Qué se puede responder? Hoy, cuando sabemos que las categorías de identidad sexual nunca logran dar cuenta de las complejas formas de vida y las prácticas sexuales y afectivas de los sujetos, podemos entender esa aparente contradicción, e inclusive, llegar a apoyarla críticamente.
Teniendo en cuenta la estrategia de visibilización política de Gabriela Mistral como lesbiana, llevada acabo por el activismo LGBT -y sobretodo lésbico feminista-, Andrea Fránulic ha escrito recientemente un texto provocador que problematiza la figura de Mistral como un referente válido de reivindicación política. El texto de Franulic, viene a contrarrestar la intención de apropiación de la figura de Mistral por parte del movimiento lésbico y feminista, al revelar textos de la poeta escritos en la década del 20 en Francia, en los que se explaya contra el feminismo sufragista y reafirma ciertos estereotipos de género bastante conservadores, por no decir reaccionarios. “Gabriela Mistral es misógina y patriarcal” nos dice finalmente Fránulic. Una figura bastante difícil de digerir como para hacer de ella un icono reivindicativo del movimiento feminista, lésbico o gay.
Y tal vez ese sea uno de los puntos importantes en todo esto para encontrar una salida a las críticas que se pueden hacer: ¿De qué sirve afirmar que Gabriela Mistral sea lesbiana o que su sexualidad no se ajusta a las expectativas heterosexuales? ¿Afirmar que es lesbiana es siempre un acto reivindicativo o puede tener otros objetivos críticos? Ilustremos con dos casos: El libro “A Queer Mother for the Nation” de Licia Fiol Matta por un lado y por otro la marcha del Encuentro Lésbico Feminista en Santiago (ELFLAC) que partió del Mural de Gabriela Mistral en el Cerro Santa Lucía.
En el primer caso se trata de un libro que ha tenido dificultades para ser traducido y publicado en Chile. El texto es parte de los esfuerzos por resistir las lecturas canónicas (hegemónicas) que intentan invisibilizar la sexualidad disidente de las interpretaciones culturales. La sexualidad heterosexual de los escritores es ensalzada por los críticos literarios, como algo muy relevante para la comprensión cabal de su obra (ejemplo de ello son los ríos de tinta sobre los amores de Neruda). Pero cuando se trata de los amores lésbicos de Mistral o los mismos cruces de género en su escritura y su figura, se argumenta que “ese tema no es relevante en su obra”, “que no hay que hablar de su vida íntima” o incluso “que ella no puede defenderse”. Si ese tipo de proyectos sirve como promotor de un debate sobre el clóset, la sexualidad y la literatura, ese acto tiene un valor político en sí mismo.
En el caso de la Marcha lésbica del ELFLAC, si el objetivo es denunciar la estrategia retórica de heterosexualización de los “Grandes Chilenos” en la constitución de un mito nacional que excluye las sexualidades disidentes, entonces también hay que valorarlo como tal. Más aún hoy, cuando se acerca el Bicentenario y se fortalecen esos discursos heteronormativos de la República.
Por el contrario, si de lo que se trata es de decir: “no ven que las lesbianas somos tan buenas y capaces como los heterosexuales, si hasta tenemos una premio nobel”, entonces eso sí que será una política pobre, heterosexista e integracionista. Lo mismo levantar íconos basados sólo en sus gustos sexuales. Las pruebas pueden estar a la vista. Ahora habrá que preguntarse: ¿Qué es lo que vemos y para qué?
* El autor de este artículo de opinión es editor de la revista Disidencia Sexual.cl e fundador de la Coordinadora Universitaria por la Diversidad Sexual (CUDS)













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Cuando hago el amor con mi compañera NO lo hago como acto de disidencia y sospecho que la Gabriela tampoco…quizás era persona
13 Septiembre 2009 at 16:52